La mesa puesta en el Puente de Carlos, o Kobza la lía otra vez

El 30 de junio los medios del mundo se llenaron de una imagen de Praga que se hizo viral durante quince minutos: una larga mesa en el icónico Puente de Carlos, una comida de vecinos trayéndose la comida de casa, gente comiendo, cantando, riendo: fiesta, celebración del fin de la cuarentena. Otro golpe de efecto del sin par Ondřej Kobza, promotor de bares y cafés, genio del capital social y de la creación de imágenes efímeras. Tiene una imagen pública de bohemio, de artista: es un durísimo emprendedor que prospera gracias al talento, la capacidad de trabajo… y algo más que él tiene y tú no: los contactos con políticos y élites de la ciudad.

La comida de vecinos en el Puente Carlos, en el YouTube de distrito de Praga 1

¿Qué hay de malo?

Las ideas de Kobza en principio son irreprochables. Por ejemplo repartir pianos por la calle, para que los toquen espontáneos, como un policía que pasaba por allí.

Un policía de guardia toca uno de los pianos de Kobza y se hace viral durante los famosos
quince minutos. De forma espontánea hizo más por la imagen de la policía
que cualquier campaña de publicidad. Los pianos en la calle fueron otra idea de Kobza.

Otra idea: instalar autómatas que recitan poemas. ¿Qué hay de malo? Nada, claro.

Además el talento empresarial de Kobza es innegable. Podrías, por ejemplo, ir a Berlín a copiar cafés de moda para adaptarlos a Praga, pero una vez te pones el café tiene que funcionar.

En la calle Krymská creó un bar, V lese, que animó toda una calle hasta hacerla salir en la prensa anglosajona. Llevar un bar, un café, es un trabajo duro, exige una disciplina.

Es decir: Kobza combina la imaginación artística y la capacidad empresarial. Además tiene un olfato imbatible para hacer sentir especial al ciudadano que después será el cliente. Domina la creación de ilusión. Es un maestro del capitalismo de ficción del siglo XXI, basado en implantar fantasías en la mente del consumidor y traducirlas en necesidades.

Kobza es un ilusionista. No tiene el menor problema en mentir siendo plenamente consciente de ello, pero es la mentira blanca, bien intencionada. Por ejemplo, la comida del puente era una celebración del fin de la cuarentena y de la vida, etc. Nada ha terminado, pero Kobza triunfa porque sabe apelar a la necesidad primaria tan humana de creer que todo irá bien porque sí.

En efecto, ir a una performance de las suyas, protegida por discursos impecables, obliga a uno a pensar continuamente que es solo es eso, una performance. Pasaremos un buen rato, como cuando nos comemos un dulce o vemos otro capítulo de otra serie.

Ay, esa ambivalencia

Entonces, ¿qué pasa con Kobza? Pues que provoca una sensación ambivalente. Él y el sistema de poder en la ciudad se utilizan mútuamente.

Por ejemplo, el alcalde de Praga 1, Petr Hejma, se prestó con entusiasmo a apoyar la idea de la comida al aire libre en el Puente Carlos, y le faltó tiempo para ir a posar ante la prensa.

Sin embargo, tal como avanzaba A2alarm, el mismo día de la bonita foto Hejma no votó en contra de los chiringuitos de juego y apuestas en Praga 1, y que son un pozo de cutredad y delincuencia en toda la ciudad. No lo hizo a pesar de que lo tenía en el programa.

La foto bonita y el simulacro desvían la atención de los problemas duros y complejos: la corrupción, la pandemia, la crisis económica y social, la carestía de la vivienda en esta hermosa ciudad de rentistas que exaltan la emprendedoría.

Con una performance como la del Puente de Carlos se anima y se regenera un espacio público, pero solo por un día. Se sale en todos los medios y todas la redes, pero al día siguiente, ustedes perdonen, todo sigue igual.

Los eventos de Kobza son bonitos, especiales, cuquis y generan contenido viral, pero sirven de pantalla, y ser pantalla le va fenómeno. La ambivalencia queda ahí, mientras él va haciendo caja.

Antoni Ferrando es editor de la Revista Kampa.