El Erasmus de los noventa se hace mayor: sobre los últimos relatos de Diego Fandos

Hay más de dos millones y medio de personas nacidas en España viviendo por el resto del mundo. Es comparable a la población de Madrid y Barcelona. En Europa casi un millón, unos 1700 en Chequia. Toda esta gente no se puede reducir a una voz. La narrativa de Diego Fandos tampoco lo pretende. Acaba de publicar Praga en febrero. Se centra en lo que se podría entender como el mundo del español deslocalizado en Chequia. El término «deslocalizado» pide una digresión explicativa.

Deslocalizado, desplazado, expatriado: por no decir exiliado o emigrante, porque no hay el dramatismo político o económico del pasado. No es turismo con ínfulas de viaje o escapada, ni la dolce vita de la casta extractiva de la diplomacia y el alto funcionariado, lanzados en paracaídas sobre la ciudad, tres años en la burbuja de restaurantes caros sin enterarse de nada, y vuelta a Madrid a esperar la próxima prebenda.

No: los personajes de Fandos son gente normal, con familias y amantes, trabajos estables y coches, que toman el metro (el tranvía), van al súper y pasean a los niños y quedan con amigos, pero en el extranjero, aquí en Praga, en Chequia. Se trata de un efecto de la globalización, claro: desde los años noventa sucesivas oleadas de gente han salido al extranjero, primero como Erasmus, y después a buscarse la vida, y han normalizado vivir en cualquier ciudad europea.

Ni de aquí ni de allí: no ser de ninguna parte

Pasa el tiempo, la vida continúa, implacable, y ese deslocalizado español de los noventa ya tiene una edad, y ahí sigue, fuera. En su día vivió la primera ruptura íntima con los orígenes. El primer punto de no retorno fue entender que la vida en casa iba continuar sin él o ella, por mucho que vuelva regularmente a ver a padres, familia y amigos.

Hoy además ya sabe que algo así como un sentimiento de pertenencia alternativo, hacia el nuevo país, ni está ni llegará. Será siempre extranjero, por mucho que se acueste con gente nativa, viva con ella y haga o deshaga familias.

En consecuencia, el deslocalizado acaba por no ser exactamente de ninguna parte, y ahí es donde se instala la narrativa de Fandos: sobre todo, voces de hombres que esperan en invierno en la calle a una mujer, o quedan en un bar de la periferia, o toman un tren para verlas, o intentan conversar y conectar.

Son mujeres siempre difícilmente comprensibles, como si la chequitud fuera otra capa de complejidad añadida a las poéticas del desorden amoroso contemporáneo y de la eterna crisis de la masculinidad, tal como empezaron en la ficción contemporánea, por ejemplo, con las primeras películas de Woody Allen, por decir algo de sobras conocido.

Poética del desamparo, en versión globalizada

El desarraigo íntimo de los personajes de Fandos es algo leve y cotidiano, llevadero. No impide lo que se entiende por funcionar, e incluso tener cierta calidad de vida.

Todo ello presentado de una forma muy contenida estilísticamente, muy concentrada a lo esencial, lo que primero es todo un detalle, y además es honesto, en el sentido de que no se esconde tras la verborrea y la metáfora, aunque el minimalismo no garantiza que a uno se le escape de vez en cuando un adjetivo innecesario.

Las películas de Aki Kaurismäki también podrían ayudar a situar de qué estamos hablando: por las pausas, los silencios y la lentitud, por esa aparente sensación que no pasada nada, cuando pasa tanto.

Praga en febrero tiene además otros textos más experimentales, de escritura creativa («Alina»), relatos que hubieran sido iguales si Fandos no viviera en Chequia, y que tienen que ver con eso tan oscuro y complicado de la familia, el amor, el paso del tiempo, con momentos de belleza y virtuosismo en la elipsis: por ejemplo el abismo del tiempo en «Cumpleaños feliz», con ancianos recordando la infancia; o en el microrelato «Bienvenido a casa», con un personaje recordando toda su infancia y primera juventud en tres o cuatro imágenes evocadas por el apartamento que está recorriendo.

En el último texto, «El vampiro» el punto de partida suena de mil libros y películas: accidente de coche grave, amnesia total. Ahora bien, puesto que el narrador habla del personaje en segunda persona, parece claro que esa amnesia es fingida, como si el protagonista quisiera huir de sí mismo, de los tentáculos de la vida social que se estiran hacia él para atraparlo y volverlo al redil ya desde las mismas visitas en el hospital.

Entonces, cuando empieza lo bueno y se abren las posibilidades narrativas de fingir la propia amnesia total, va y se termina. Sí, podría ser el inicio de una novela. Sacarlo así, en un libro de relatos, es muy optimista o muy irresponsable, según se mire.

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Diego Fandos (Lerín, Navarra, 1971). Es escritor y cineasta. Su largometraje «Cosmos» compitió en el Festival de Cine de San Sebastián. Trabaja en Prague Film School. Ediciones Eunate publicó en 2015 los relatos El libro de los amores limón. Ha publicado en Amazon Writing for short film (2019) y Praga en febrero (2020).

Praga en febrero está disponible en Amazon, en papel y Kindle.

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Antoni Ferrando es editor de la Revista Kampa.

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