Michal Pullmann desmonta la «Transición» checa

Michal Pullmann (cs.wikipedia.org)

Ha levantado una gran polvareda en la conversación pública checa. Algunos le acusan de sacar peso a los crímenes del régimen comunista, pero no es verdad. En realidad, ha acabado con el relato único de la «Transición» checa como una lucha anticomunista. Este artículo va del efecto Pullmann.

Las reacciones en contra más virulentas acusan a Pullmann de sacar peso a los crímenes del régimen comunista, pero eso no se puede hacer, está todo documentado. Pullmann intenta otra cosa. Desde su posición de historiador especializado en la etapa final del régimen comunista, los años setenta y ochenta, revisa el discurso vigente desde 1989 hasta hoy en la sociedad checa democrática, en torno a una cierta épica heroica anticomunista. Lo pone en cuestión como historiador, sostiene que se utiliza de forma espuria, para influir en la política de hoy con una agenda determinada.

La connivencia de amplios sectores de la sociedad checa con el régimen comunista, de la que habla Pullmann, es un hecho. A mucha gente del país aún no le gusta hablar de ello, no está tan asumido como por ejemplo el apoyo de la mayoría de la sociedad alemana al nazismo, aceptado des hace años por la academia y la opinión culta del país.

En Chequia esto no ocurre, o no tanto. Aquí Pullman ha tocado nervio. Se podría hacer historia contrafáctica y decir que sin el régimen comunista el país sería parte de la región rica que comprende Baviera y Austria. Muy probablemente sería así, y para una persona checa, sobre todo de cierta edad, se entiende la respuesta emocional, por la memoria viva del dolor provocado por el régimen comunista.

Un pragmatismo vergonzante

Ahora bien, el historiador se ocupa sobre todo de lo que realmente pasó, de cómo vivió realmente la gente. El régimen comunista duró mucho, varias generaciones, lo suficiente para tener efectos permanentes. En 1968 los tanques soviéticos hicieron exiliarse a una buena parte de la élite checa, pero no toda, y los que se quedaron eran tan checos como los que se fueron.

El régimen se mantuvo con un combo de terror policial y propaganda para retornar a una supuesta «normalidad» de ortodoxia comunista. El pacto que ofreció a la población fue una garantía de salud, enseñanza, vivienda y una ilusión de consumo y calidad de vida, siempre a cambio de no ponerse en política. Mucha gente entró en el juego, se hicieron miembros del Partido Comunista para poder hacer carrera, y la ficción ideológica perduró.

La propaganda consistía en la repetición continua de una fraseología que terminó siendo pura retórica vacía, un repertorio de clichés sobre la paz opuesta al imperialismo, la construcción del socialismo, el bienestar de la clase trabajadora, etc.

Nadie se creía aquel discurso. Pullmann dice que entonces se mentía en público igual que hoy también se miente en las entrevistas de trabajo, cuando quien aspira al puesto debe hablar de sí recitando la fraseología infecta que ha puesto en circulación la psicología positiva, y que tampoco se cree nadie.

Es un paralelismo muy cogido por los pelos, porque hoy hay más opciones de libertad personal, pero la cuestión de fondo, la connivencia práctica de la mayoría de la población con la dictadura, sigue siendo válida.

El anticomunismo espurio

Por lo tanto, ¿por qué tiene tanta circulación el discurso de la épica anticomunista? En buena parte por la gran talla de Václav Havel. Sin embargo, lo que sirvió los años noventa hoy es una sobreexplotación algo cansina. Ha salido una película fallida que casi santifica al primer presidente, de la que hemos hablado. Han salido hasta libros con las recetas de Havel y guías turísticas sobre la Praga de Havel .

Sin embargo, sociológicamente la disidencia anticomunista fue irrelevante. En el mejor momento se calcula que llegaron a ser unas 1.500 personas. Muchas de mérito intelectual, pero es que el país tenía 15 millones de habitantes.

Precisamente Pullman comenzó a hacerse notar porque es decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Carolina y se negó a colgar la pancarta de Milada Horáková. La campaña la justificaban sus promotores como una reivindicación de la memoria histórica, pero en realidad era un episodio de la pelea política de ahora .

Sin considerar esta irrelevancia sociológica de los disidentes se entiende poco, por ejemplo, que hoy domine la política checa un populista y oportunista sin escrúpulos como Andrej Babiš, o polémicas como la mencionada de las pancartas de Milada Horáková.

Pullmann es además un hombre de los años setenta, y aquí se ofrece el paralelo con los politólogos de la nueva izquierda española. Su relato también tiene algo de ruptura generacional, de dejar de creerse la historia tal como la contaron los padres.

Antoni Ferrando es editor de la Revista Kampa.